Publicado en Consciencia y Maternidad

Mamis al borde de un ataque de culpitis

Desde muy pequeña siempre he visto con gran claridad los efectos que tenían en los niños de mi entorno las actitudes y sentires de sus padres.

Me refiero a conductas visibles, como la manera en que le hablaban a los niños o cómo hablaban de ellos delante de otras personas, es decir, cómo se portaban con/enfrente de ellos, PERO también me refiero a situaciones un poco más sutiles: las emociones que sentimos, o algunos  autosabotajes o manipulaciones en las que a veces caemos.

Y bueno, me voy a dirigir a nosotras las mamás, porque así hablo de mi propia experiencia. Esto es por supuesto sin negarle a los papis su responsabilidad y la importancia de su rol. La verdad es que estas reflexiones también son interesantes para ellos, porque ambos, hombres y mujeres, tenemos mucho que sanar, limpiar o resolver si queremos vivir con mayor conciencia y plenitud y si queremos hacerlo por nuestros hijos.

Tras este paréntesis, continúo: Lo dicho y lo no dicho influyen en esas cabecitas que son esponjas sumamente perceptivas y que todo lo absorben. Los pequeñines nos observan a veces con gran detenimiento, nos escuchan justo cuando creemos que no se dan cuenta y además, nos sienten y conocen de una manera en la que ni nosotras mismas lo hacemos.

Estoy segura que todas podemos recordar veces en las que un hijo o hija -o un hermano menor- intervenía en una plática cuando creíamos que estaba distraído jugando o viendo la tele. También creo que todas podemos recordar, haciendo un poco más de memoria, algunas veces en que nos dábamos cuenta de lo que les pasaba a nuestro papá o mamá aunque ellos no lo dijeran o incluso aunque lo negaran. Y es que hay cosas que un niño simplemente sabe o siente, aunque no lo entienda muy bien.

¿Y qué tal esa edad en que los niños están bien pequeñitos y repiten como loritos los dichos y gestos de quienes les rodeamos? -Como mi hija de 2 años ½. ¡Me sorprende tanto oírme a mí misma en la boquita de esa pequeña, o escucharla usando las palabras y acento de su papá o hasta de su maestra del jardín!-

Actualmente las neurociencias aportan muchos datos sobre esto de la receptividad de los niños. Incluso existen estudios sobre el desarrollo del feto gracias a los que hoy sabemos, por ejemplo, que el bebé ya desde el útero empieza a oír, ¡cosa que si alguien hasta hace unos años lo hubiera dicho, hubiera sido tomado como un loco!

Gracias al desarrollo científico ahora es posible entender que el feto se encuentra dentro del organismo de su mamá sumergido en su realidad emocional y física, compartiéndola con ella a través de las substancias bioquímicas que el cuerpo de la madre produce como reacción a lo que le sucede o lo que piensa. Éstas y muchas, muchas otras cosas son explicadas por ciencias como la bioquímica, la epigenética, etc.

Así que hasta aquí ya revisamos dos influencias de la mamá en la salud y el comportamiento del niño o niña: el embarazo y la edad en la que ya se percatan de lo que sucede a su alrededor. Pero además está esa etapa tan crucial entre el nacimiento y la primera infancia: imaginemos estos pequeños seres, los bebés y niños más pequeños, cuyos sentidos de percepción funcionan muchísimo antes de que su habilidad de razonar de desarrolle.

De adultos nos creemos muy listos y libres, tomando nuestras decisiones y emitiendo juicios, pero la verdad quién sabe qué tanto de toda nuestra forma de ver el mundo se formó justo en esos nuestros primeros años. Esos en los que nos pasaban cosas cuando aún no teníamos la habilidad de entender ni gestionar lo que sentíamos. Es más, de esos primero años ¡ni siquiera nos acordamos! Por eso es que cuando dicen que hay muchas cosas que guardamos en el subconsciente, se refieren a las vivencias que tuvimos durante esa etapa, de las que no tenemos registro consciente más que lo que los adultos a nuestro alrededor nos cuentan, lo que sí nombraron.

Bueno, tal vez con este mini repaso nos sea posible estar más o menos de acuerdo en que como mamás y en medio de la rutina del día a día, estamos contribuyendo directamente a construir la visión y personalidad de nuestros hijos y por lo tanto, de la humanidad  -¡Wow! Sí, perdón si me puse trascendental, pero es que en realidad lo veo así. ¡Creo que las mamás somos las más grandes influencers que han existido en la historia de la humanidad!-.

Esta es la parte donde nos podríamos pasar al extremo de la culpa. De hecho creo que es raro encontrar una mamá que no se sienta culpable de vez en cuando, por algo que hizo, dijo, dejó de hacer o de decir… Y es que además en la actualidad tenemos tantos recursos y flujo de información, que las mamás acabamos muchas veces más confundidas que si no existiera todo esto. Y no me mal entiendan, que yo soy una gran fan de esta Era Acuariana y de contar con tal acceso a la información.

Simplemente con echarle un ojito al Facebook, a las páginas dedicadas a crianza, o a alguno grupos de mamis, nos topamos con cientos de artículos que te dicen que por tomar X o Y decisión en tu crianza, en el futuro tus hijos serán así o asado o enfrentará no sé qué problemas.

Y entonces así, encontramos la Crianza con Apego, la Crianza Natural, la Crianza Respetuosa, la Crianza Positiva y, -la que a mí más me gusta- la Crianza Consciente.

Y repito, me parece extraordinario que haya tantas personas y corrientes tratando de ayudarnos a las mamás y papás a tomar mejores decisiones para el bienestar de los niños. A salir de esa inconsciencia, ese hacer por salir del paso o porque “así hicieron conmigo”.

No porque tengamos que hacer las cosas necesariamente diferentes, pero sí considerar que nuestras decisiones conlleven un poco de conciencia, sobre todo si nos estamos sintiendo abrumadas en nuestro “ser mamás”, o si sabemos que nuestra infancia fue marcada por una deficiente crianza y que aún llevamos con nosotras heridas, mismas que hoy, como mujeres adultas podemos y debemos empezar a sanar, a gestionar. Por nuestro bien y por el de nuestras familias.

Me parece que el arte está en no caer o quedarse en la culpitis* (la culpa como un posible síntoma del irse haciendo consciente). Esto es algo por lo que he pasado y que he visto en muchas mamis que han iniciado un camino hacia hacerse cargo de lo que les pasa, como mujeres, madres y parejas.

 

¿Entonces qué? ¿Cómo empezar a hacernos cargo pero sin vivir en la culpa?

 

La cuestión está en algo similar a buscar el equilibrio. Pero no un equilibrio allá, perfecto, inalcanzable y estático…

Hablo de la búsqueda del equilibrio como dirección, más que como meta, es decir, como una guía pero considerando siempre nuestra realidad: los recursos con los que contamos, nuestras necesidades peronales, la forma o las características de nuestra relación de pareja, nuestras heridas de infancia, si las tenemos, etc.

Así que creo que entre la inconsciencia de no hacernos cargo de lo que nos pasa, viviendo en piloto automàtico y el otro extremo, estar flagelándonos constantemente porque ya se comió un dulce, no va bien en la escuela, pega, o de tanto cansancio ya “le grité”. Ahí, en medio de todo esto, está la COMPASIÓN.

COMPASIÓN por eso seres que se merecen nuestro mejor esfuerzo (y no, no me refiero a juguetes, ropa o escuela cara), COMPASIÓN por nosotras mismas y las luchas que libramos cada día, así como COMPASIÓN por nuestros padres, pareja, etc.

Quizá suena difícil. Pero no imposible. Al menos no desde un punto de vista evolutivo: hacer lo mejor que podemos con los recursos que hay a nuestro alcance en este momento. Y si me siento agotada, rendida, harta, superada por las circunstancias, extender la mano y pedir ayuda.

Existen muchas maneras para podernos apoyar. Somos muchas despertando.

Creo que es momento de quejarse sólo lo mero mero necesario y después hacernos cargo de nosotras mismas, aunque sea con baby steps, a medida de nuestras posibilidades.

Este trabajo, es un trabajo en espiral y consta de varias capas, generalmente no es así que después de una sola sesiòn de terapia o coaching, quedamos sanadas. Pero vale la pena y es necesario hacerlo CON PASIÓN Y COMPASIÓN.

Nuestros hijos no nos necesitan mayormente distraídas ni permanentemente víctimas o sintiendo culpa. Tampoco necesitan mamás perfectas, sino mamás reales, lo más honestas, despiertas y atentas posible. Dispuestas a hacerse cargo de lo que les sucede.

Aprendamos entonces a reconocer, transitar y gestionar lo que nos pasa, lo que sentimos, incluídas las culpas. Es indispensable y este es el momento.

 

Martha Constanza García

29 agosto

 

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No porque mamá así lo espere

Eres una mujer hermosa y poderosa.

Tierna y combativa.

Irreverente y compasiva.

Auténtica, amorosa y que rompió el molde.

 

Sol radiante, brisa marina, montaña sagrada.

Encuentro de varios caminos.

 

No porque lo tengas que ser para alguien.

No porque mamá así lo espere.

Sino porque así son tus ritmos, tu pulso y tus latidos.

 

Si quieres, no me escuches.

Intenta escuchándote a ti.

 

Martha Constanza García

22 de agosto de 2017

 

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Niñas buenas, mujeres discretas: las medallas que nos otorgó el patriarcado

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Cuenta la leyenda que nos criaron madres patriarcales que nos han enseñado cómo actuar para ser aceptadas.

Mientras ellas mismas se mantenían desconectadas de sus necesidades y deseos.

¿Y cómo no, si ellas también crecieron siendo niñas buenas o niñas heridas y enojadas

que demasiado pronto aprendieron a alejarse de su ser, de sí mismas, para sobrevivir?

 

Y así siempre se nos apreció porque fuimos niñas buenas, serviciales, complacientes.

 

También están nuestros padres, quienes desafiados por nuestra propia visión,

nos acusaron más de una vez de escandalosas, vanidosas, hipersensibles.

¿Y cómo no, si ellos también un día fueron niños de sensibilidad reprimida que

debían proteger la moral de la familia, vigilando a sus hermanas de cualquier acto «impío»?

 

Y así supimos que deberíamos convertirnos en mujeres fuertes, discretas y decentes.

 

Y pues quizá podemos remontarnos algunas generaciones de emociones controladas, congeladas.

Sacrificio disfrazado de servicio de donde se forjó lo que nos han enseñado es el precio de «pertenecer».

Qué dolor saber que hay partes de nuestro ser que hemos preferido esconder

para no ver en los ojos de nuestro padre la tristeza, decepción o deshonra

que al parecer le causa nuestro atrevimiento, decisiones o libertad.

 

Qué dolor sentir que a mamá la traicionamos, la herimos, la abandonamos

cuando nos separamos de la línea que marcó su propia vida, cuando con atrevimiento

y sin pedir permiso nos escuchamos, nos liberamos, nos autocuidamos.

 

Y ya sea que nuestros padres ya no estén, vivan al lado o muy lejos,

el camino a la conciencia, integridad y libertad pasa sí o sí por enfrentar ese dolor.

 

Para así atrevernos a amar nuestra naturalidad, vulnerabilidad y fuerza.

Y podernos convertir en mujeres y madres un poquito menos patriarcales.

 

Martha Constanza García

16 de febrero de 2017

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