Publicado en Escritura Creativa, Reflexiones del Corazón

Agrade-siendo

Hace unos días que ando así, no sé, un poco rara.

Despierto agradecida, respiro agradecida, bueno que hasta me incomodo o encabrono agradeciendo.

Y entonces mis nubes grises pasan más rápido, el aroma del café baila acariciando mis poros y un suave contento del corazón se mece adentro mío, susurrando paz.

Y agradezco -me, -te, -le, -nos, -les. En presente, futuro, pretérito, copretérito y pluscuamperfecto.

Y pasa últimamente también que puedo ser la que está en struggle, esa que no sabe qué otra cosa hacer, o ésto (sic) por qué pasa. Soy a la que le duele. La que por segundos arde en rabia.

Puedo ser también la que intenta salir de ahí, busca “causar” un determinado efecto, buscando incesantemente la razón y solución práctica y lógica.

Soy también otra, aquella que anhela expandirse en un creencia o sentir trascendental: “tranquila, todo está bien”, “todo pasa por algo”, “no te escapes al futuro, mantente aquí”, “siente lo que sientes”.

Y también me reconozco en otra. Más allá. Alguien quien sin necesidad de control ni sentido de urgencia ni de separación, de todo es testigo. Está ahí y en presencia, inmutable, sólo observa.

Desde ahí, desde el lugar donde todas en mí convergen, te saludo y agradezco por tu tiempo y tu lectura.

Martha Constanza García

24 de junio de 2018

 

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Quisimos querernos

Quisimos querernos, pero no funcionó.

Nos atraíamos, nos conveníamos.

Pero el intento, en poco quedó.

 

Quise jugar a niña buena y en el fondo

a ella en mí inconscientemente querías ver.

Aunque sí, te gustaba que además de apoyarte,

lo que te era conocido un poquito desafiaba.

 

Muy pronto quisimos creer en un nosotros

y una historia juntos fabricarnos.

Pero la realidad bien rápido los ojos nos abrió.

 

Los dos sabemos que tú eras de costumbres y raíces.

Y yo, con la mirada en el vuelo progresaba.

Así que pronto de nuevo, todo en mutua admiración quedó.

 

Y de esto han pasado ya mil años. Un tierno y fugaz cometa.

Gracias por acercarte y por el brillo en tus ojos al mirarme.

 

Gracias también por todo aquello que, pudiendo ser, no fue.

Porque fuimos uno para el otro un breve puente. Y no un destino.

Recapitulo agradecida y me voy a continuar con lo que hoy es mío…

 

Martha Constanza García

 

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Publicado en Escritura Terapéutica, Reflexiones del Corazón

Confieso que tal vez…

Confieso que tal vez no confío en mi propia brújula. Esa, la de las entrañas. La que se siente en el cuerpo. La de mi lado femenino.

Que tal vez tengo miedo a dejarme llevar, a simplemente ser. A dejar de seguir los letreros que otros han puesto y que te dicen por dónde ir y cuál es el camino correcto que se debe tomar.

Que tal vez tengo miedo a tomar mi propia ruta, a andar un camino desconocido, aún no trazado, aunque todo mi ser me lo esté pidiendo, en parte quizá por el miedo a perder esquemas y referencias.

Confieso que tal vez le tengo miedo a mostrar los que considero excesos y que siento podrían en cualquier momento hacer erupción ý salirse de dentro de mí, esos mis too much, entregándome mejor a un compulsivo auto escrutinio, permanente auditoría, al cual hasta ahora he llamado autoconocimiento y así – en nombre de la consciencia- me he convencido de no soltar ni relajar.

Que tal vez me es más fácil desconectarme de los sentires que considero incómodos por inapropiados, y distraerme entregándome al análisis. Buscando razones, valga la redundancia, primordialmente razonables.

Confieso también que tal vez me boicoteo, me auto saboteo. Que inicio cosas a las que mi mente me lleva pero las cuales no van acompañadas del resto de mi ser, de mi coherencia. O que, iniciando con todas las ganas, poco a poco mi mente chiquita empieza con sus habituales peros, asfixiando lo que era el flow.

Que tal vez le tengo miedo al ridículo, a entregarme al momento y que el mar me tumbe o se me meta arena en el bikini. Que tal vez sea por eso que seguido prefiero ver el mar desde la orilla y si acaso meter la punta del pie, creyendo que lo he experimentado.

En fin, que tal vez lo único que en realidad sucede es que hoy puedo ver, sin vendas, que tengo en mí mucho, mucho miedo. Y que, de alguna manera -y con cierta confianza-, puedo ver que lo que estoy haciendo es justo perderle el miedo a tener miedo. Y eso, eso en sí es ya maravilloso.

Martha Constanza García

1 de junio de 2018

 

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Imagen: Tarot de Aleister Crowley

P.D. Iba a ponerme a buscar la imagen para acompañar este texto, como hago siempre, y pensé en la carta de La Fuerza, con la seguridad de que era la que debía estar aquí. Encontré está de Aleister Crowley y me resonó aún más. Paré de buscar. 😉

Publicado en Motivación, Reflexiones del Corazón

Dejarme de chiquitas

Esto del pensar chiquito ya me hartó. Esa preocupacioncita, temorcito, enojito, conjetura, bobadita… Esas cosas insignificantes, pero agrandadas, con las que a veces me entretengo o me escondo y en las que voy perdiendo mis aquís y mis ahoras.

“Que si dijo, o que si no dijo”, “que le debí haber contestado esto en vez de aquello”, “que por qué Mengana ya no me habla”, “que si qué van a pensar si X o Y…”

Momentos que se me escurren. Y yo… tantas veces invadida por dudas y expectativas insatisfechas y sin sentido. Unas, hijas de un mero hábito instaurado ayer cuando las circunstancias y yo éramos distintas. Otras, ajenas, introyectadas también en otro momento, aún sostenidas sólo porque sí. Las unas y las otras, cual viejos pellejos o telarañas, hoy mira que me causan picazón.

Incordiantes posibilidades de pasado o de futuro. Pérdida total del foco. “Hubieran” inservibles o “no vayan a ser” antecediendo fantasiosos escenarios. Ociosidades no necesariamente de quien no tiene qué hacer, sino de quien se acomoda escuchando a la voz de la duda y el temor -ese dudar y temer que me llevaron ya en un par de ocasiones a querer usar en este escrito el “nosotros” en lugar de este bien plantado “yo” que de mis vísceras hoy nace-.

Y es que qué harta estoy de todos esos momentos de pensar y vivir en chiquito. Chiquito, me refiero, no en comparación con una vida de lujos o fuegos artificiales, sino respecto a una vida más plena: con más agradecimiento, risas, conexión, presente, aprendizajes, posibilidades y pasión.

Porque cada momento que elijo quedarme en la duda, el enojo, el remordimiento, etc., equivale a tirarlo a la basura. Y conste que no lo digo por enjuiciarme o reprocharme, porque cada pensamiento, sentir o inclinación que han llegado, lo han hecho por algo. Pero es que este impulso de hoy, también por algo está ahora acá. Y sin medias tintas, disculpas ni salvedades, me permito sentirlo en el cuerpo y expresarlo.

Y es que ahora, además, me ha dado por empezar a verlo mucho en mis espejos y con esto me queda aún más claro: yo hoy quiero dejarme de chiquitas.

¡Y que inicie la nueva vuelta a la espiral!

Martha Constanza García

23 de mayo de 2018

 

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Entre principios y armaduras

Hay principios que son del orden del bien-estar y del bien-ser, que nos elevan y contribuyen al bienestar nuestro, de nuestras relaciones y en general, del entorno. Como no ser tranza, no tirar basura en la calle, tratar a todas las personas con respeto, por ejemplo.

Pero muchas veces también nos aferramos a otro tipo de principios, los del ego les llamo yo, los cuales sostenemos “porque sí“, por dolor o por revancha.

Hablo de determinaciones que tomamos en algún momento en que nos sentimos dolidos, como no ser el primero en hablarle a un amigo después de un encontronazo de opiniones, o cosas así. Son, de hecho armaduras.

Éstas fueron en su momento decisiones que nos ayudaron, que necesitábamos tomar quizá para protegernos o ayudarnos a ponerle fin a un capítulo difícil de nuestra vida, pero que a la larga nos mantienen rígidos si no las “checamos” de vez en cuando, si no nos las cuestionamos para que, si optamos por ellas de nuevo, lo hagamos desde un lugar lúcido, con consciencia y no desde el piloto automático.

La cuestión con este tipo de principios es que a veces ya nos hemos identificado tanto con ellos (yo soy de las personas que…/yo siempre…/yo nunca…) que aunque las situaciones, las personas o nosotros mismos hayamos cambiado, no nos permitimos soltarlos pues nos dan una falsa sensación de seguridad.

Y así es que quizá nos cargamos la boca de verdad y nos creemos los muy muy al afirmarlos, aunque no nos estén haciendo bien y nos estemos perdiendo de valiosas oportunidades. Y eso es una lástima.

Es una pena quedarnos atrapados en nuestras propias conjeturas sobre quiénes somos o debemos ser. Quedarnos atrapados repitiéndonos una y otra vez diálogos internos caducos que nos están impidiendo fluir, disfrutar de nuevas maneras de relacionarnos o tomar nuevos y excitantes desafíos.

“A todos, alguna armadura nos tiene atrapados. Solo que la vuestra ya la habéis encontrado.” El caballero de la armadura oxidada. Robert Fisher.

Lo peor es que esto pasa casi siempre sin que nos demos cuenta. Esto nos pasa cuando estamos distraídos viendo para afuera, a los otros y lo que hacen, dicen, hicieron o dejaron de decir, encontrando a esos otros siempre en falta. Juzgándolos.

Hacemos esto en vez de volver la atención a nosotros mismos, a nuestro centro, a lo que en este momento en verdad deseamos o necesitamos experimentar, desarrollar, o aprender, y a las oportunidades que se nos están presentando.

Bueno, sólo pasaba por aquí para recordarnos quitarnos seguido la armadura y revisarla. Con chance y ya no la necesitamos…

Martha Constanza García

5 de mayo de 2018

 

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Al son de mi corazón

Puede ser que me haya tomado mi tiempo encontrar una tribu donde sentirme cómoda, siendo simplemente, totalmente, yo. O más bien, me tomó tiempo reconocerla, reconocerme en ella.

He tenido que andar perdida un tiempo para poder hallar el camino que en realidad mi corazón anhela, crearlo con confianza y certeza, escuchándome toda, todita. Y reconocer en mi corazón y vibra, junto a quiénes deseo, hoy, transitarlo.

Además, la verdad es que el ejercicio se ha repetido más de una vez. Porque cambio. Porque cambias. Porque cambiamos.

Tuve que deslindarme del camino por otros o por mí misma antes para mí trazado. Tuve que iniciar rutas que después interrumpiría. Tuve que caminar al lado de las personas que “no eran” –aunque mi cabeza quisiese convencerme de otra cosa-, para darme cuenta que sólo mis propios pasos son los que he de seguir.

Estos pasos unas veces me acercan y otras me alejan de los caminos de los otros, y estoy aprendiendo a no ver estas separaciones como tragedias, sino a presenciar, permitir y honrar mis ires y venires, tanto como los de los demás, aunque sí, a veces duelan. Aceptándolos como si simplemente estuviera escuchando la cadencia de un rico son.

Este camino del que te hablo es como si fuese una melodía compuesta de variados acordes y compases. Es la melodía de mi vida fluyendo instante a instante: crescendo, adagio, allegro…

Y es que en realidad cada uno de nosotros es una pieza musical compleja. No tanto compleja, sino rica en ritmos, tonos y estilos. Cada vida, cada vivir, es una sinfonía y cada uno el compositor, dirigente, músico o solista.

Somos hoy la pausa entre dos notas, y mañana un sonido grave o prístino. Somos tanto el arco, como la madera, el mango, la cuerda y el diapasón del violín. Somos el propio violín y sus notas. Somos el brazo que lo sostiene y el que lo ejecuta.

Es apasionante saberme a veces arrullo, a veces estruendo. Zumbo, repico, retemblo, chillo y soy potpurrí.

Y tú… ¿eres hoy reggae, góspel, disco, blues, rock o qué?

¿Qué te pide hoy tu corazón?

 

Martha Constanza García

23 de abril de 2018

 

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— Y bueno, antes de despedirme quiero compartir por aquí esto que me encontré:

 

 

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Plena, en mis contrastes

Que no sé nada, lo sé. Y al mismo tiempo, nada más que lo que sé, se necesita para vivir este preciso momento.

Que si bien, me preparo con consciencia, el momento “futuro” en realidad se desplegará en total sabiduría. Sabiduría mayor a aquella que cualquier intelecto por sí solo puede llegar a vislumbrar.

Sólo sé que me entrego todita: mente, cuerpo, espíritu y corazón unidos en respetuosa, a la vez que cantarina, ofrenda.

Me reconozco canal del Espíritu, Consciencia, y me dedico entonces a limpiar percepciones. A disfrutar, honrar y a agradecer y no requiero saber más de lo que hoy aquí en mí hay/siento/soy.

Me sé espejo tuyo y no temo ya que creas ver en mí aquello que en realidad de ti reflejo.

A la vez, te agradezco también el permitirme verme en ti. A veces el zoom en mis sombras, a veces disfrutando de mi brillo.

Y es que hoy ya no temo que me acuses o señales con el dedo, siendo que otros tres te devuelven, discretos, el juicio que de mí emites.

Y aunque sí, lo confieso, una parte pequeñita de mi Yo Niña aún desea gustarte para que me recuerdes “bonito”, lo cierto es que con la vida he aprendido a aceptarme tal y como soy, totalmente plena en mis contrastes.

Martha Constanza García

9 de abril de 2018

 

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