Publicado en Consciencia y Maternidad

Cariño, mamá también es importante

Escribo estas líneas recién regreso a casa de haber dejado a mi hija en el Jardín. Me encanta lo serena que ya se queda: me despide con un beso y me dice adiós con la mano cuando voy a verla por la ventana, mientras yo le sonrío y mando besos y más besos.

A estas alturas, sabe bien que volveré más tardecito, que ella está segura y que se la va a pasar muy bien mientras tanto. De todo lo que fue para mí haber dado el paso de llevarla al Jardín de Niños hace casi dos meses, hablaré quizá en otra ocasión.

Ahora quiero escribir sobre lo que me quedé reflexionando en mi caminata de vuelta a casa. Con un primaveral y delicioso día como hoy, con sol y casi 20 grados a las 8:45 am, disfrutaba mis pasos de vuelta pensasintiendo cómo me gusta este ritual matutino de llegar a la escuelita, entrar al salón y encontrar a los padres, maestras y nenes.

Días como hoy me siento tan a gusto caminando en mis zapatos. “Vlotte, leuke, lieve vrouw” me dije (que en holandés viene siendo algo así como “ligera, agradable, amorosa”). ¡Qué bien se siente estar en un flow así! Me descubro entonces proponiéndome hacer todo lo posible por propiciar y disfrutar de este estado de bienestar cada vez más.

El arte consistirá en que mi sentir y satisfacción no dependan de si los otros me perciben así o no. Que no sea que dicha mirada del otro sea el motivo por el que tengo permiso para sentirme a gusto conmigo misma.

Tampoco puede ser que mi sensación de bienestar dependa de estar yo acompañando a mi perfecta hija a quedarse en su perfecta escuelita, de una manera tan perfecta, y que entonces sólo así la perfecta yo pueda sentirse bien.

Se trata en cambio, de sentir y disfrutar este bienestar que me da vivir tan activamente agradecida por la compañía de esta personita que la vida quiso poner en mi camino para sostenerla y acompañarla en (el inicio de) su estar por esta Tierra. Disfrutando la relación y los momentos que juntas vamos construyendo. Sabiendo que cada paso lo estoy dando con todo el amor y consciencia de que, en mi humanidad, soy capaz.

El camino con y por ella ha puesto al descubierto y hecho nítido que yo, si desconectada de mí misma, no soy la mejor versión para ser su guía, pues así no podré transmitirle y mostrarle los dones que dicha conexión ofrece.

Por eso, hoy deseo más que nunca ser mi mejor versión, lo cual empieza por creer en mí misma, valorarme, tenerme paciencia ante las dificultades y saber perdonarme en mis “fallas”.

Procurarme yo misma eso que de los demás anhelo: ser vista, escuchada, reconocida y aprobada. Darme amorosamente mi lugar y dárselo a mis necesidades y deseos. Nutrirme y cuidarme. Y no sólo de dicho o allá en una vaga teoría, sino en mi conducta, mis decisiones y mis actos.

Y así sentirme “vlotte, leuke, lieve”, pero desde la raíz. Gustándome y disfrutándome. Porque como le digo a mi hija cuando la estoy atendiendo y necesito hacer una pausa, por ejemplo para ir al baño:

“¿Sabes cariño? Mamá también es importante.”

Bueno, en realidad también me lo estoy diciendo a mí misma.

Porque esto del autocuidado no es siempre fácil, me parece.

Pero el intento re vale la pena, ¿no crees?

Martha Constanza García

2 de junio de 2017

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Niñas buenas, mujeres discretas: las medallas que nos otorgó el patriarcado

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Cuenta la leyenda que nos criaron madres patriarcales que nos han enseñado cómo actuar para ser aceptadas.

Mientras ellas mismas se mantenían desconectadas de sus necesidades y deseos.

¿Y cómo no, si ellas también crecieron siendo niñas buenas o niñas heridas y enojadas

que demasiado pronto aprendieron a alejarse de su ser, de sí mismas, para sobrevivir?

 

Y así siempre se nos apreció porque fuimos niñas buenas, serviciales, complacientes.

 

También están nuestros padres, quienes desafiados por nuestra propia visión,

nos acusaron más de una vez de escandalosas, vanidosas, hipersensibles.

¿Y cómo no, si ellos también un día fueron niños de sensibilidad reprimida que

debían proteger la moral de la familia, vigilando a sus hermanas de cualquier acto “impío”?

 

Y así supimos que deberíamos convertirnos en mujeres fuertes, discretas y decentes.

 

Y pues quizá podemos remontarnos algunas generaciones de emociones controladas, congeladas.

Sacrificio disfrazado de servicio de donde se forjó lo que nos han enseñado es el precio de “pertenecer”.

Qué dolor saber que hay partes de nuestro ser que hemos preferido esconder

para no ver en los ojos de nuestro padre la tristeza, decepción o deshonra

que al parecer le causa nuestro atrevimiento, decisiones o libertad.

 

Qué dolor sentir que a mamá la traicionamos, la herimos, la abandonamos

cuando nos separamos de la línea que marcó su propia vida, cuando con atrevimiento

y sin pedir permiso nos escuchamos, nos liberamos, nos autocuidamos.

 

Y ya sea que nuestros padres ya no estén, vivan al lado o muy lejos,

el camino a la conciencia, integridad y libertad pasa sí o sí por enfrentar ese dolor.

 

Para así atrevernos a amar nuestra naturalidad, vulnerabilidad y fuerza.

Y podernos convertir en mujeres y madres un poquito menos patriarcales.

 

Martha Constanza García

16 de febrero de 2017

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A casi dos años de maternidad…

Emergiendo de las aguas de la fusión emocional puerperial,

se ve de pronto a sí misma y se encuentra cambiada.

 

Y junto con este “verse” ve también las nuevas posibilidades

y vislumbra un camino rico en nuevas maneras, pensares y haceres.

 

Ahí, una parte de ella,

ahora a los pies del camino,

emprende un nuevo recorrido.

 

Martha Constanza García

3 de enero de 2017

 

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