Publicado en Escritura Terapéutica

A quien hoy ha soltado mi mano

Ella, la que cada noche eleva la luna y coloca prolija, una a una, en el cielo las estrellas, ha bajado hoy hasta aquí para llevarte con ella.

Por tu nombre te ha llamado y te ha susurrado en el oído: “Hijito mío, tu misión aquí ya ha concluido. Vente tranquilo conmigo…”

Y mientras la ciudad en reposo se encontraba, tú que también te habías quedado profundamente dormido, iniciaste el camino de regreso, ese que recorreremos todos lo que en esta Tierra vivimos.

Te fuiste y no podré volver a estrecharte entre mis brazos, ni sentir tu olor ni lo suave de tu tacto. No volverá a sonar tu risa, ni compartiremos juntos más la charla y la mesa con familiares y amigos.

Así pues, ya que la vida así lo quiso, tampoco nos enredaremos ya en ninguna de esas nuestras discusiones sin sentido, ni te veré jamás de nuevo cabizbajo, ofuscado ni sombrío.

Son tantos, tantos, los NO y los NUNCA MÁS que se van apilando en mi quebranto, que casi olvido que la ESENCIA de quien fuiste, de lo que eres, conmigo para siempre la he tenido. Porque tú, sabiéndolo o no, me la obsequiaste: en cada palabra, gesto, acto y suspiro.

Porque eso, las palabras, gestos, actos y suspiros que compartimos, no son más ni menos que los símbolos de nuestro encuentro álmico, el cual, más allá de todo lo aparente, ha sucedido.

Y aún consciente de eso, correrán y correrán mis lágrimas por esta parte de mí que hoy no logra nada más que sentir que para siempre te ha perdido.

Y si bien esas lágrimas empañarán por un tiempo mi visión y mi confianza en la justicia y el destino, al mismo tiempo, al deslizarse por mis mejillas tal cual ríos, limpiarán mi corazón un poco de tanta pena y habrán regado las semillas que antes de este adiós, temporal e indefinido, en mi ser y para siempre tú habías esparcido.

Así que tarde o temprano, en cada uno de los que te quisimos irán brotando nuevos frutos: ideas, inspiraciones, acciones o sentires, que evocarán por siempre, más fuertes o más sutiles, tus pasos, tu labor y tu cometido.

 “Señora, tú que cada noche elevas la luna y colocas prolija, una a una, en el cielo las estrellas, concédenos a los que por ahora aquí en la Tierra hemos quedado: consuelo, fortaleza y esperanza. Y a aquél amado nuestro, quien hoy ha soltado mi mano y a quien entre las tuyas has tomado, entrégale mi eterna gratitud, por de tal manera mi vida haber tocado.”

Martha Constanza García

1 de marzo de 2018

 

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Ojos para lo sutil, voz para lo profundo. Amalgama de sentires y reflexión. Entusiasta de las redes. Vivo y dejo vivir.

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