Anhelar renacer sin aceptar antes morir

Conozco algunos que no estarán de acuerdo conmigo, pero para mí, hoy, escribir por escribir, por publicar mejor dicho, aunque se puede, no es plan. De hecho el trabajo de conciencia ha sido más bien honrar este no escribir o no publicar. Y así es como hace más de un mes que no he pasado por este mi querido lienzo, alias blog.

Sí que tengo mi libreta con algunos inicios o fragmentos que no llegaron a terminar de cuajar. Ideas que pasaron por mi pluma/mente/corazón pero sin que hubiese suficiente de ellos o suficiente fuerza para plasmarlos completos. O es que quizá sea una camada que requiere ser empollada por más tiempo…

Es que aunque mis planes eran unos, he decidido, por coherencia, honrar estos tiempos, tiempos de limbo, como los llama Alana Messineo (www.elportaldealana.com), aunque quizá los envidiosos dirían que más que elegir honrar mis tiempos, mi propia tormenta y furia emocional me han dejado knock out por este tiempo.  😉

Y me permito parafrasear a Alana, en su Facebook Live más reciente: “Los tiempos del limbo son tiempos en los que no te proyectas en tus tareas de siempre. Los días pasan como si estuvieran en blanco. Son tiempos en que estás asimilando las nuevas energías. Donde se están creando nuevos puntos de vista. Tiempo de incubación, parece que no pasa nada pero se hace un espacio para que surjan nuevas expresiones de ti misma. Conectando con nuestra sabiduría, amor y poder y descansando en lo que nos sucede. No exigirse de más. Descansar en ese paréntesis, donde se están creando nuevas significaciones.”

Así que así. Al principio con resistencia y enojo. Negándome a abandonar mis planes y mis fechas, ambos que confieso, reconozco trazados más que nada por el ego, por los tiempos del “afuera”, más que por los del adentro.

Y no sólo la ruptura o entorpecimiento de los planes de que, queriendo yo manifestar en lo “exterior”, ¡ups! resulta que toca zambullirse en nuevas profundidades que, además de incómodas, no daban para más que para partirse de dolor.

Aunque el observador interno -bueno observadora-, estaba bien activa, no tenía mucha voz ni voto. Reconociendo, eso sí, que las paredes del laberinto sólo eran sostenidas por mis pensamientos, mis creencias. Pero poco más.

Y con el buen ejemplo de mi hijita, mi niña interior también se permitió zapatear de la forma más irracional pero también más honesta posible, y tumbándose con intensidad y llena de coraje gritaba: ¡NO, NO, NO QUIERO! Un no quiero que he de decir, se sentía tan encarnado y doloroso como vivo, a la vez que sanador.

Y es que para los que hemos buscado la armonía como quien necesita aire, momentos así son desconcertantes, desconocidos y parecieran ajenos y con sabor a fracaso –otra vez el ego, te digo-.

Y así, aunque una parte de mí se obstinaba y se clavaba en no aceptar: “no lo entiendo, no me gusta, no lo quiero, no estaba planeado así, no es cómodo”, otra parte de mi, amorosamente me abrazaba, me sostenía y daba espacio para toda esa intensidad. Recordándome “sentir en el cuerpo, permitir sin miedo y sin historias ni (más) drama.”

Los dos únicos recursos que lograron penetrar la muralla de fuego y calmar un poco las aguas turbulentas fueron: 1) la presencia, como descrita aquí arribita. Con la certeza de que podría sostener y transitar cualquier intensidad. Y 2) las 4 palabras: LO SIENTO, PERDÓN, GRACIAS, TE AMO.

Así que ya no pudiendo escaparle a esa otra verdad interior, esa faceta dolorosa que quizá normalmente puedo llevar bien escondida y algo maquillada o ignorada, llegó el momento de ver frente a frente a eso de lo que huyo mientras me pongo mi traje de mamá comprometida, mujer razonable, persona responsable y estable.

Permitiendo que todo eso que me atravezaba -tuviera el origen que fuera: creencia, energía, karma, sombra, lo que fuera-, estuviera ahí, haciendo contacto, dejándome sentirlo aún no sabiendo cómo lo resolvería o aún sin del todo atreverme a hacer y darme eso que intuyo evolutivamente necesito.

Sin más, hice acopio de valentía, entereza, compasión y fe, dejando caer la lluvia sobre mí, empapándome hasta la médula. Con el fuego consumiendo en mí todo lo que ya no debe estar. Conmigo misma y mis propias cenizas como ofrenda.

En los momentos menos duros de este sacudón eléctrico, podía alcanzar esa visión alta, panorámica que tanto me gusta. Esa que alcanza a ver en cierta medida: 1. Por qué pasaba lo que pasaba, aunque se me antojara imposible e inútil tratar de ponerlo en términos o palabras algo lógicas. 2. Que esto también pasaría. 3. Y que a la vez, en otro nivel: No estaba pasando nada.

El agradecimiento por todo lo que tengo no se ofuscó en ningún momento, pero no se reflejaba en el ánimo. Con los días han ido calmándose las aguas, recuperándose el equilibrio, y más y más momentos de joy han ido alegrando los días.

He podido comprobar que no le temo al agujón del Escorpión. Me estoy permitiendo (re)conocerlo, transitarlo y transmutar. Y toca seguir haciéndome cargo, aceptando que mi cotidiano y mi rumbo requieren un apretón de tuerca, un ajuste de dirección. Pero sin olvidar que todo esto conlleva un proceso.

Y bueno, qué sería del fénix sin calcinarse en el fuego, o de Gandalf el Gris, sin la batalla que le costó la vida en Moria… 😉

Con cariño, de esta mujer, madre, amiga, hija, hermana con tantas cuestiones por integrar, pero también todas, por agradecer.

Nos seguiremos conectando, cuando toque, en este tiempo sin tiempo que a veces con claridad se presenta.

Como siempre, muchas gracias por acompañarme al leerme.

 

Martha Constanza García

27 de noviembre de 2017

 

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Imagen: Pixabay

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