Publicado en Reflexiones del Corazón

Soy del mundo y me pertenezco sólo a mí misma – Parte 1

Uno de los ejercicios del Laboratorio de Coaching para Metas Creativas en el que estoy participando, trata de narrar un poco sobre mi proyecto. Yo me puse a hacerlo escogiendo como primer disparador los #orígenes de mi emprendimiento.

Pero se ve que me fui tan, tan atrás en eso de los orígenes que tras escribir y escribir todavía andaba contando historias de por ahí cuando tenía 20 años. En fin, se trataba de escribir sin pensar en el resultado, dejando la mano libre… y el texto terminó tomando vida propia.

Así que en lo que escribí no hablo nada de ningún emprendimiento. Ya me sentaré de nuevo para hacer el ejercicio y para continuar con la parte dos de este texto que salió y que aquí comparto…

Siempre me consideré una “ciudadana del mundo”. Desde que oí el término por primera vez dije ¡pero si esa soy yo! -tal como recientemente me pasó al leer la definición de los que es un Knowmad-. De alguna manera, desde que tengo registro de este tipo de cosas, siempre me he sentido, a la Facundo Cabral, como que no soy de aquí ni de allá, sino que pertenezco un poco a todos lados y un poco sólo a mí misma.

Y quizá todo esto tiene que ver con haber nacido en una de las ciudades más grandes del mundo, hija de dos personas de familias y lugares bien distintos de un país tan extenso, y por lo tanto variado como es México. O tal vez la “culpa” sea un poquito también de los astros y de su ubicación en ese 25 de enero de 1980, 9:10 am cuando en el Hospital ABC, ahí a los pies de los nevados volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, tomé mi primer aliento.

La cuestión es que fueron pasando los años, en ese vaivén entre sentir que pertenecía y que no. Se fueron acumulando las experiencias y cobraba vida mi búsqueda, tan natural, tan “yo”, de nuevos grupos y nuevas resonancias, que a la vez implicaban el “abandonar” casi sistemático de ese círculo del que me hallaba rodeada. Una y otra vez, sintiéndome “jalada”, “atraída” a dar un paso fuera y encontrar nuevos horizontes relacionales para explorar y habitar otras partes de mi propio ser.

Muchas otras veces el sentir era distinto –aunque el efecto, el mismo- y era el grupo, con su energía, el que se volvía hostil conmigo, el que me censuraba o, de pronto, excluía.

Por ejemplo, aquella vez, siendo 1999 o el 2000 en que me retiré pronto de una carne asada con las amigas y, en el auto y entre lágrimas y sollozos, me sentí tan sola e incomprendida –no tanto del verbo comprender como entender, sino de abarcar, contener-. Y de nuevo la pregunta: ¿Qué ha pasado? Si las personas y el lugar éramos los mismos…

Sin embargo, a esas alturas había algo que ya había aprendido… tardaba más yo en hacerme cargo de lo que pasaba y en asumir la distancia, que lo que tardaría en abrirse en mi vida un nuevo capítulo, lleno de nuevos personajes. Era sólo como un corto momento de doloroso vértigo en el que me volvía consciente de que tenía que dar ese paso que me llevaba fuera (y mantenerme) y confiar que aún sintiendo esa tremenda soledad, esos pasos hacia el abismo eran en realidad sólo los minutos antes del amanecer.

Y así sería… y yo florecería de nuevo.

*Continuará…

 

Martha Constanza García

18 de mayo de 2017

 

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Autor:

Ojos para lo sutil, voz para lo profundo. Amalgama de sentires y reflexión. Entusiasta de las redes. Vivo y dejo vivir.

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