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Escuchar, escuchar de verdad, requiere tenerlos bien puestos

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Contradecir, discutir, interrumpir o incluso violentarse son conductas que pueden ser o parecer demostraciones de mucho carácter o fortaleza. Sin embargo, muchas veces es escuchar lo que requiere tener mayor temple, o como otras personas dirían: huevos.

La cuestión con escuchar es que más que sonarnos a una actividad, nos suena a pasividad, cuando realmente escuchar con una mente y un corazón abiertos muchas veces es un acto casi heroico, considerando en qué gran cantidad de ocasiones nuestros prejuicios, miedos, creencias y conductas nos alejan de nuestros seres queridos pues nos impiden escuchar lo que tienen por decir. A veces justamente en esos momentos en los que  más quisiéramos poder apoyarles o cuando tal vez ellos más nos necesitan.

Aquí ha de residir la causa de buena parte de esos “secretos en familia”, esos que son de los que más pesan pues delatan la poca confianza que a veces nos tenemos con aquellos a quienes más amamos. Por esto es, me atrevo a decir, que en todas o casi todas las familias existen personas a quienes con regularidad o frecuencia se les ocultan las cosas. Personas que no se “bajan de su burro” y por lo tanto no dejan entrar el mundo y la verdad de la persona que tienen enfrente  -o al otro lado del teléfono-, criticándolo sistemáticamente, trivializándolo o, “mejor” aun, acallándolo por medio de consejos no pedidos ni indispensables, discursos prefabricados o sermones sancionadores.

“Bajarse del burro” no siempre es fácil, sobre todo, como con muchas otras cosas, si no tenemos mucha práctica en ello, y significa autocuestionarse  – y si pretendemos construir relaciones más reales y sinceras -, proponernos aparcar en lo posible los propios “programas”, esos tan llenos de ideas viejas o  infantiles que se interponen entre una persona y otra… ideas o creencias que resultan caducas y estériles pues no dan más resultados.

Curiosamente, mientras estas líneas toman forma, leo en el muro de mi primo Carlos Salas lo siguiente:

“La verdadera tolerancia y la verdadera aceptación significan ver claramente las fallas de otros y no tener miedo de amarlos y respetarlos menos a causa de ellas. Con esta actitud, no sólo ayudan a quienes los rodean, sino que se ayudan ustedes mismos” (El Guía. Conferencia No. 33, “La ocupación con el  propio ser”).

Escuchar tu verdad, si diferente de la mía, no invalida, niega o aplasta ésta última. En el mejor de los casos, la expande.

Martha Constanza García                                                                                                                     10 de octubre de 2014

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Autor:

Ojos para lo sutil, voz para lo profundo. Amalgama de sentires y reflexión. Entusiasta de las redes. Vivo y dejo vivir.

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